La historia del viejo y querido Macará
¡Hasta que el cielo deje de ser celeste!. De ser el primer campeón nacional, pasando por ser un equipo "ascensor" a la gloria en Buenos Aires.
Capítulo 1: El abismo tiene nombre de frontera en guerra
El frío de Ambato en agosto no es un frío cualquiera; es una aguja de hielo que se mete por las costuras del alma y te recuerda, con cada ráfaga que baja del Casigana, que la ciudad no perdona a los tibios. El 25 de agosto de 1939, el aire olía a eucalipto húmedo y a la tinta fresca de los pasquines que circulaban por los pasillos del Colegio Nacional Bolívar. Pero para el profesor Jorge Vicente Álvarez, el mundo se había reducido al tamaño de un aula vacía donde el silencio pesaba más que la piedra volcánica de la fachada del colegio.
Álvarez no era un visionario de traje impecable. Era un hombre con los dedos manchados de tiza y la duda instalada en el centro del pecho. Esa tarde, mientras las sombras se alargaban sobre el patio principal, se preguntaba si convocar a ese grupo de muchachos rebeldes había sido un acto de fe o un suicidio social. Los estudiantes del Bolívar no buscaban solo patear una pelota; buscaban un nombre, una bandera, algo que les permitiera decir “aquí estamos” en un país que parecía haber olvidado que la Sierra central también latía.
La vulnerabilidad de ese momento era absoluta. No tenían uniformes, no tenían cancha propia y, sobre todo, no tenían permiso para soñar en grande. La idea de fundar un club era una fragilidad expuesta al escrutinio de una sociedad conservadora que veía en el deporte organizado una pérdida de tiempo.
—¿Y cómo se va a llamar, profe? —preguntó uno de los jóvenes, cuya voz todavía no terminaba de decidirse entre la niñez y la madurez.
Álvarez miró el mapa que colgaba en la pared, con los bordes amarillentos por el tiempo. Sus ojos se detuvieron en el sur, en la frontera que dolía, en ese punto donde la soberanía se volvía carne y resistencia.
—Macará —dijo, y la palabra sonó como un disparo y una promesa al mismo tiempo.
Lo bautizaron así por la ciudad fronteriza en Loja, un gesto de patriotismo en medio de las tensiones limítrofes con el Perú. Era un nombre que trascendía lo local; era un escudo de soberanía nacional desde su primer segundo de vida. Pero esa noche, mientras los fundadores regresaban a sus casas bajo la llovizna ambateña, el “Ídolo” no era más que un susurro de muchachos con hambre de gloria y bolsillos vacíos.
Capítulo 2: El primer rugido en el polvo
Si el origen fue un susurro, el año 1940 fue el primer grito que retumbó en las montañas. La gente hoy habla de estrellas y copas internacionales, pero en aquel entonces, el éxito se medía en la capacidad de sobrevivir a los viajes en camiones que crujían en cada curva de la cordillera.
Apenas un año después de su fundación oficial, el Club Deportivo Macará se encontró disputando una competición nacional que integraba equipos de diversas regiones. Era una amalgama de talento local, jóvenes que jugaban con zapatos remendados por Homero Ortiz, el mismo que confeccionaba los uniformes oficiales con una devoción casi religiosa. El celeste del cielo y el blanco de la paz empezaban a teñirse con el polvo de las canchas de tierra.
Contra todo pronóstico, ese equipo de estudiantes y trabajadores se coronó campeón nacional en 1940. Fue el primer gran estatus de potencia emergente para la ciudad. No hubo transmisiones por satélite ni redes sociales; hubo fogatas en las esquinas de Ambato y el relato de boca en boca de que el “Viejo y Querido” ya sabía lo que era mirar a todos desde arriba.
Sin embargo, la gloria amateur era un espejismo peligroso. Neptalí “El Ñato” Barona, el primer estratega y alma de la disciplina, sabía que el club necesitaba más que entusiasmo. Barona era un hombre que entendía que el deporte era una guerra de resistencia. Bajo su mando, Macará no solo era fútbol; era baloncesto, natación y tenis de mesa. Pero el fútbol era el corazón que bombeaba la sangre, y en 1946, llevaron ese corazón a Colombia en una gira internacional que parecía una locura para la época.
Era la visión ambiciosa de una dirigencia que, aunque caminaba sobre el filo de la quiebra, se negaba a cerrar los ojos ante el mundo.
Capítulo 3: El estruendo del “Dinamitero” y la elegancia del Inca
Pasaron las décadas y el estadio Bellavista se convirtió en la catedral de los domingos. Para finales de los años 60, Macará ya no era solo un club estudiantil; era el referente indiscutible de Tungurahua, el equipo que se atrevió a desafiar el centralismo de Quito y Guayaquil al ser el primero de provincia en jugar el campeonato nacional profesional en 1960.
Pero el verdadero terror de las defensas rivales llegó con un hombre que parecía tener pólvora en los botines: Rómulo Dudar Mina.
Mina, el “Dinamitero”, llegó desde Esmeraldas para transformar el fútbol en una explosión de potencia física. En 1970, el Bellavista no solo veía fútbol, veía una cacería. Con 19 goles, Mina se consagró goleador máximo del torneo nacional, un hito que puso a Ambato en el mapa de la selección nacional. A su lado, Ítalo Estupiñán, el “Gato Salvaje”, saltaba tan alto que parecía que nunca iba a bajar, convirtiéndose luego en el primer ecuatoriano en conquistar México.
Pero como en toda gran historia de origen, después del ascenso viene la caída. En 1974, la inestabilidad administrativa golpeó más fuerte que cualquier delantero. El equipo descendió. El “Viejo y Querido” se volvió un patrimonio emocional que sufría en silencio, una institución que parecía condenada a vivir de los recuerdos de los goles de Mina y la elegancia de Arnaldo Sánchez.
Fue necesaria la llegada de la influencia peruana en los 80 para devolverle la fe a la hinchada guaytamba. En 1988, Germán Leguía, un volante que jugaba con la cabeza levantada como si estuviera leyendo el futuro, llegó desde los mundiales para ponerle pausa al caos. Junto a Juan Martín “Juan Gol” Caballero, estuvieron a un paso del título nacional, desplegando un fútbol de una calidad que Ambato no ha olvidado.
Esa era la paradoja de Macará: un club capaz de traer a las estrellas más brillantes y, al mismo tiempo, de hundirse en las crisis financieras más profundas.
Capítulo 4: El abismo y la resurrección de los Salazar
Para mediados de los 90, el abismo ya no era una metáfora. Macará estaba en la Segunda Categoría, la tercera división del fútbol nacional. El “Ídolo” estaba herido de muerte, las deudas asfixiaban el escudo y el estadio Bellavista empezaba a acostumbrarse al olvido.
Fue en 1994 cuando la familia Salazar, encabezada por Miller Salazar, tomó un barco que se hundía. No fue un proceso de iluminación épica, sino de saneamiento doloroso, de pagar deudas centavo a centavo y de profesionalizar una estructura que se caía a pedazos.
La resurrección tuvo el rostro de un verdugo: Cristian “El Matador” Botero. El argentino-ecuatoriano llegó en 1999 para demostrar que el hambre de gloria es el mejor combustible. Con 25 goles ese año, se convirtió en el máximo artillero de la Serie A, devolviéndole a Macará el respeto perdido. Botero no solo anotaba goles; Botero curaba las cicatrices de una hinchada que había aprendido a sufrir.
Capítulo 5: El “Monumentalazo” y el sueño de Buenos Aires
La modernidad trajo a Paúl Vélez, un técnico que convirtió al equipo en una máquina de orden y transiciones quirúrgicas. El 9 de diciembre de 2017 es una fecha que cada ambateño lleva tatuada. En el Estadio Monumental de Guayaquil, un gol agónico de Diego Benítez al minuto 45 hizo lo imposible: clasificar a Macará a la Copa Libertadores por primera vez en 78 años. El “Monumentalazo” no fue solo un resultado; fue la validación de ocho décadas de lucha.
Desde entonces, el club se acostumbró a las luces continentales. Jugó contra el Deportivo Táchira, eliminó al Guabirá, y dominó la fase regular de la LigaPro en 2019 con una defensa de acero que solo recibió 16 goles en 28 partidos.
Pero nada, absolutamente nada, preparó al mundo para lo que ocurrió el 16 de abril de 2026.
Macará llegó a Argentina para enfrentar a Tigre por la Copa Sudamericana. No era el favorito. En los papeles, el equipo ambateño era el visitante humilde en tierras de gigantes. Pero este Macará ya no es el de los camiones de 1946; es el equipo que tiene su propio Centro de Alto Rendimiento en La Providencia, construido con el esfuerzo de sus transferencias históricas.
Bajo el mando de Guillermo Sanguinetti, el equipo saltó al césped con la misma rebeldía de los estudiantes del Colegio Bolívar. Fue un partido de dientes apretados, de oler el césped mojado de Buenos Aires y de sentir el peso de la historia. El triunfo en condición de visitante contra Tigre no fue una casualidad; fue el rugido final de un proceso que se negó a morir en las crisis.
Capítulo 6: El cielo celeste sobre Ambato
Hoy, cuando el sol se pone tras el volcán Tungurahua y las luces del Bellavista se encienden para un Clásico Ambateño, la dirigencia mira desde el palco un club que ya no tiene miedo. Con 28 victorias totales en los clásicos hasta este 2026, Macará sigue siendo el dueño del orgullo de la Sierra central.
El “Viejo y Querido” se encamina a su centenario consolidado como una estructura de élite. La herencia de Neptalí Barona, los remates de Rómulo Mina y la fe inquebrantable de los Salazar se han fundido en una sola identidad.
Aquel profesor Álvarez, con sus dedos manchados de tiza en 1939, jamás habría imaginado que su “Macará” silenciaría estadios en Argentina. Pero quizás, en el fondo, siempre lo supo. Porque cuando eligieron el celeste, lo hicieron pensando en la proyección hacia la eternidad. Y la eternidad, al parecer, tiene los colores de Ambato.



